No debe haber frase más cansada, remanida y trillada —y eso que hay miles— que aquella que asegura que los niños de hoy son verdaderas lumbreras que no tienen comparación con los de ninguna época pretérita. La habrán escuchado cientos de veces, bajo la forma de "hoy los pibes vienen que son una luz"; "no sabés mi hijito de seis meses como juega al Age of Empires III"; o "un sobrinito de mi prima aprendió a leer antes que a masticar". Convengamos en que el nivel de certeza de esta afirmación es bastante difícil de mensurar, pero por una vez en la vida, le daremos la razón a eso que se llama la sabiduría popular, y tendremos por cierto que los infantes de la actualidad son ingenieros en biotecnología comparados con los niños de hace treinta años.
La pregunta acuciante, en ese caso, es: ¿y qué carámbanos pasa después, que los adultos somos cada vez más y más nabos, sin solución de continuidad? ¿Cómo es que esta viveza supersónica de los niños termina resultando en legiones de adultos babeantes, que no sabemos ni sospechamos qué tenemos que hacer con nuestras vidas? ¿Qué pasa ahí? ¿Cuál es el problema? ¿La televisión? ¿La escuela? ¿El alcohol? ¿El dinosaurio Barney?
Si les surge algo, aporten. Yo ahora los dejo, me voy a llevar a mi sobrinita de dos años a una conferencia de Tomás Abraham y vuelvo.
















